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por José Fermín Garralda Arizcun
Queridos amigos:
Mi agradecimiento. Muchas gracias en nombre de la Junta Regional Carlista por haber acudido a la llamada. Sobre todo los que habéis venido de fuera de Pamplona a pesar de los inconvenientes de la nieve, el frío y sobre todo el hielo.
¿Qué decir de esta Fiesta? Hace 33 años, un grupo de jóvenes carlistas (Javier , Iñigo , Pedro Manuel, yo mismo y varias bonitas margaritas cuyo nombre omito por ser esto cuestión de años…) retomamos la tradicional fiesta que la Juventud Carlista de Pamplona celebraba a la Inmaculada Concepción. Nos inspiraron en ello don Ignacio de Orbe, Teófilo Andueza, Felipe, Santiago y Miguel. Sí; la Inmaculada, que es la patrona de la juventud carlista, quiere a los jóvenes limpios de corazón, generosos, fuertes y entregados. A Dios gracias y en un plis-plas nuestros hijos ya están aquí.
Los políticos en el Carlismo. Sabemos que en la Comunión Carlista no sólo hay heroísmo de guerra, sino que también hay políticos. Durante muchísimos años el Carlismo se desenvolvió con éxito en la vida civil, la prensa y las instituciones sociales y políticas. Por eso, también debemos identificar el Carlismo con el trabajo y responsabilidad del día a día, silencioso, sin aparente brillo pero fructífero.
Hubo muchos políticos carlistas ayer, políticos que hoy serian necesarios para liberar a la sociedad del liberalismo corruptor y descristianizador, de los políticos liberales o socialistas, que una vez más los hechos han demostrado que son primos hermanos.
Los políticos carlistas, enemigos de la partitocracia y siempre al servicio del bien común, formaron una pléyade entre diputados a Cortes, diputados forales, alcaldes y concejales de Pamplona y toda Navarra. También hay algunos senadores del Reino. Abarcaban desde Pamplona y las cuatro cabezas de Merindad restantes hasta el último concejal del más pequeño pueblo.
Os van a repartir un plastificado con la imagen de algunos de ellos. Citar nada más los diputados a Cortes sería largísimo y lo omito. ¿Y los diputados forales y concejales y alcaldes?
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Queridos amigos:
Mi agradecimiento. Muchas gracias en nombre de la Junta Regional Carlista por haber acudido a la llamada. Sobre todo los que habéis venido de fuera de Pamplona a pesar de los inconvenientes de la nieve, el frío y sobre todo el hielo.
¿Qué decir de esta Fiesta? Hace 33 años, un grupo de jóvenes carlistas (Javier , Iñigo , Pedro Manuel, yo mismo y varias bonitas margaritas cuyo nombre omito por ser esto cuestión de años…) retomamos la tradicional fiesta que la Juventud Carlista de Pamplona celebraba a la Inmaculada Concepción. Nos inspiraron en ello don Ignacio de Orbe, Teófilo Andueza, Felipe, Santiago y Miguel. Sí; la Inmaculada, que es la patrona de la juventud carlista, quiere a los jóvenes limpios de corazón, generosos, fuertes y entregados. A Dios gracias y en un plis-plas nuestros hijos ya están aquí.
Los políticos en el Carlismo. Sabemos que en la Comunión Carlista no sólo hay heroísmo de guerra, sino que también hay políticos. Durante muchísimos años el Carlismo se desenvolvió con éxito en la vida civil, la prensa y las instituciones sociales y políticas. Por eso, también debemos identificar el Carlismo con el trabajo y responsabilidad del día a día, silencioso, sin aparente brillo pero fructífero.
Hubo muchos políticos carlistas ayer, políticos que hoy serian necesarios para liberar a la sociedad del liberalismo corruptor y descristianizador, de los políticos liberales o socialistas, que una vez más los hechos han demostrado que son primos hermanos.
Los políticos carlistas, enemigos de la partitocracia y siempre al servicio del bien común, formaron una pléyade entre diputados a Cortes, diputados forales, alcaldes y concejales de Pamplona y toda Navarra. También hay algunos senadores del Reino. Abarcaban desde Pamplona y las cuatro cabezas de Merindad restantes hasta el último concejal del más pequeño pueblo.
Os van a repartir un plastificado con la imagen de algunos de ellos. Citar nada más los diputados a Cortes sería largísimo y lo omito. ¿Y los diputados forales y concejales y alcaldes?
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Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto.
Con verdad os declaro que en toda mi existencia, desde que en la infancia alborearon en mí los primeros destellos de la razón, hasta ahora que he llegado a la madurez de la virilidad, siempre hice todo según lealmente lo entendí, y jamás dejé de hacer nada que creyese útil a nuestra Patria y a la gran Causa que durante tanto tiempo me cupo la honra de acaudillar.
Volveré, os dije en Valcarlos, aquel amargo día, memorable entre los más memorables de mi vida, y aquella promesa, brotada de lo más hondo de mi ser, con fe, convicción y entusiasmo inquebrantables, sigo esperando firmemente que ha de cumplirse. Pero si Dios, en sus inescrutables designios, tuviese decidido lo contrario; si mis ojos no han de ver más ese cielo que me hace encontrar pálidos todos los otros; si he de morir lejos de esa tierra bendita, cuya nostalgia me acompaña por todas partes, aun así no sería una palabra vana aquel grito de mi corazón.
Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto.
Volveré con mis principios, únicos que pueden devolverle su grandeza, volveré con mi bandera, que no rendiré jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservarlos sin una sola mancha, negándome a toda componenda, para que vosotros podáis tremolarla muy alta.
La vida de un hombre es apenas un día en la vida de las naciones.
Nada habría podido mi esfuerzo personal si vuestro concurso no me hubiera ayudado a crear esa vigorosa juventud, creyente y patriótica, que ya veo preparada a recoger nuestra herencia y a proseguir nuestra misión. Si en mi carrera por el mundo he logrado reservar para España esa esperanza de gloria, muero satisfecho, y cúmpleme decir con legítimo orgullo que en el destierro, en la desgracia, la persecución, he gobernado a mi Patria más propiamente que los que se han ido pasando las riendas del Poder.
Gobernar no es transigir, como vergonzosamente creían y practicaban los adversarios políticos que me habían hecho frente con las apariencias materiales del triunfo. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado. Sin mi resistencia y la vuestra ¿qué dique hubieran podido oponer el torrente revolucionario los falsos hombres de gobierno que, en mis tiempos, se han sucedido en España? Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos, lo salvamos contra su voluntad, y a costa de nuestras energías.
¡Adelante, mis queridos carlistas! ¡Adelante, por Dios y por España! Sea ésta vuestra divisa en el combate, como fué siempre la mía, y los que hayamos caído en el combate, imploraremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis.
Mantened intacta nuestra fe y el culto a nuestras tradiciones y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho, y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aun así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que os ha servido de faro providencial estuviera llamada a extinguirse, la dinastía vuestra, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de monarca, de las huestes napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios.
Mis sacrificios y los vuestros para formar esta gran familia española, que constituye como la guardia de honor del santuario donde se custodian nuestras tradiciones venerandas, no son, no pueden ser estériles. Dios mismo, el Dios de nuestros mayores, nos ha empeñado una tácita promesa al darnos la fuerza sobrehumana para obrar este verdadera prodigio de los tiempos modernos manteniendo purísimo, en medio de los embates desenfrenados de la revolución victoriosa, los elementos vivos y fecundos de nuestra raza, como el caudal de un río cristalino que corriera apretado y compacto por en medio del océano, sin que las olas del mar consiguieran amargar sus aguas.
Nadie más combatido, nadie más calumniado, nadie blanco de mayores injusticias que los carlistas y yo. Para que ninguna contradicción nos faltase, hasta hemos visto con frecuencia revolverse contra nosotros aquellos que tenían interés en ayudarnos y deber de defendernos.
Pero las ingratitudes no nos han desalentado. Obreros de lo por venir, trabajamos para la historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada uno llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria. Por eso mi muerte será un duelo de familia para todos vosotros, pero no un desastre.
Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros, y más no cabe. Sé que lloraréis como ternísimos hijos; pero conozco el temple de vuestras almas, y sé que también el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.
Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro programa.
Consignados los tenéis en todos mis manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo padre (q. e. g. e.) en 1868.
DIOS
1. ¿Cuál es la divisa de la Comunión Tradicionalista?
Dios, Patria y Rey. La escribieron nuestros padres, que constituían la España católica y monárquica.
2. ¿Por qué decís que fue escrita por nuestros padres?
Porque la heredamos de nuestros mayores como rico patrimonio, como Ley fundamental del Reino, como lema glorioso de nuestras banderas, como grito de guerra contra nuestros enemigos.
3. ¿Tiene la sociedad, como el individuo, el deber de dar culto a Dios?
Lo tiene. La sociedad humana fue constituida por Dios, autor de la naturaleza, y de Él emana, como de principio y fuente, toda la copia y perennidad de los bienes en que la sociedad abunda.
4. ¿Qué religión ha de profesar el Estado?
Siendo necesario al Estado profesar una religión, como afirman los grandes Doctores, ha de ser la Católica, Apostólica y Romana, por ser la única verdadera.
5. ¿Puede un tradicionalista ser liberal?
No puede serlo, porque el liberalismo arranca del protestantismo y desciende en línea recta de los réprobos principios de Lutero, siendo uno de los principios a que obedece la negación de Dios en la gobernación de las cosas del mundo. Sin ser liberal se puede, y aún se debe, amar la verdadera libertad, que es hija de Dios.
6. ¿Cómo calificaba Pío IX al liberalismo católico?
De “peste, la más perniciosa, error insidioso y solapado, verdadera calamidad social, pacto entre la justicia y la iniquidad, pérfido enemigo, etc., etc.”.
7. ¿Qué nos impone el deber de ser católicos?
El de profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla cada uno según su saber y sus fuerzas, como también el de ser hijos sumisos del Papa y demás autoridades de la Santa Iglesia.
8. ¿Deben los tradicionalistas la Unidad Católica?
Sí. Es nuestro mayor timbre de gloria; y aún políticamente hablando, es el medio más eficaz para que haya unidad y unión en toda España. No por otro motivo, sino por este solo, es tan combatida, y le profesan tanto odio los sectarios y los incrédulos. Esto no obstante, sabemos muy bien que el creer ha de ser obra del entendimiento y de la voluntad por medio de la gracia divina, y que nada debe ser tan voluntario como la religión, la cual, por lo mismo de ser forzada, sería nula. No entienden así la libertad... los liberales, que nos querían hacer laicos a la fuerza.
LEER TODO EL CATECISMO TRADICIONALISTA: PULSE AQUÍ
1. Renegar de la religión verdadera.
2. Llevar conducta deshoronsa.
3. Incapacidad mental o física.
4. Traicionar su misión, supeditando el poder a un grupo de presión.
5. Adoptar medidas que atenten contra la integridad del Reino o pongan en peligro su paz y seguridad.
6. Atentar contra la autonomía de un Cuerpo Intermedio.
7. Cualquier otra de análoga importancia.
2. Llevar conducta deshoronsa.
3. Incapacidad mental o física.
4. Traicionar su misión, supeditando el poder a un grupo de presión.
5. Adoptar medidas que atenten contra la integridad del Reino o pongan en peligro su paz y seguridad.
6. Atentar contra la autonomía de un Cuerpo Intermedio.
7. Cualquier otra de análoga importancia.
"Si no es posible erradicar de inmediato los principios erróneos, ni abolir las costumbres inmorales, no por ello se ha de abandonar la causa pública. Como tampoco se puede abandonar la nave en medio de la tempestad porque no se pueden dominar los vientos. No quieras imponer ideas peregrinas o totalmente diferentes. No las admitirían. Te has de insinuar de forma indirecta. Y te has de ingeniar por presentarlo con tal tino que, si no puedes conseguir todo el bien, resulte el menor mal posible. Para que todo saliera bien, deberían ser buenos todos, cosa que no espero ver hasta dentro de muchos años"
Tomás Moro, Utopía
Tal día como hoy, pero un 3 de julio de 1878, se produjo la
VER TEXTO DEL JURAMENTO
JURA Y PROCLAMACIÓN DE
S.M.D. CARLOS VII DE BORBON Y AUSTRIA DE ESTE,
REY DE LAS ESPAÑAS, COMO SEÑOR DE VIZCAYA,
REALIZADAS SOLEMNEMENTE SÓ EL ÁRBOL DE GUERNICA.
S.M.D. CARLOS VII DE BORBON Y AUSTRIA DE ESTE,
REY DE LAS ESPAÑAS, COMO SEÑOR DE VIZCAYA,
REALIZADAS SOLEMNEMENTE SÓ EL ÁRBOL DE GUERNICA.
VER TEXTO DEL JURAMENTO
“La soberanía nacional, digan lo que quieran ciertos liberales llamados conservadores, es uno de los principios fundamentales de todo el sistema constitucional moderado, y en sentido del liberalismo, de esa soberanía nacional emanan todos los poderes, todos los derechos, todas las leyes. Con esto se sustituye en todo la voluntad puramente humana a la voluntad divina y se niega todo poder, toda ley, todo derecho de origen divino. Ahora bien; esto no es solamente contrario a la razón, sino también absolutamente anticatólico".
(María Teresa de Braganza y Borgón, Princesa de Beira, Baden a 25 de septiembre de 1864.)
(María Teresa de Braganza y Borgón, Princesa de Beira, Baden a 25 de septiembre de 1864.)
El principio de legitimidad es otra primordial aportaciónde Occidente a la idea de la política, y no hay política sino hay legitimidad. Legitimidad que tiene dos vertientes:la “legitimidad de origen”, o de título, y la “legitimidadde ejercicio”.
Mientras en torno a este problema se han formulado muchas consideraciones, algunas veces extravagantes, se ha dicho que corresponde a los juristas y teólogos españoles del Siglo de Oro el mérito de haber tratado con acierto estos problemas: la “legitimidad de origen” significa que quienes están en el Poder, están allí por “delegación de la Comunidad política”, que lo reciben, o ejercen, como titulares de ella, como un medio necesario para el cumplimientode los fines de la misma comunidad política de la que son meros delegados.
La “legitimidad de ejercicio”, o de régimen, significa que aquéllos que la ejercen para el cumplimiento de sus fines lo hagan honradamente y no olviden que son meros delegados de facultades de la comunidad en pleno. Por consiguiente,la “legitimidad de ejercicio” exige que sus delegados -lospolíticos— no olviden que actúan prácticamente en nombre e interés de aquélla, y que deberán hacerlo siempre honradamente, y, además, con observancia del Derecho y de la Justicia, y que se han de orientar invariablemente en torno al bien común. El Derecho, la gran creación de nuestra cultura, es una disciplina moral de bases lógicas y éticas,dentro de cuyo ambiente han de actuar sus delegados o representantes de la Comunidad; y si falta la “legitimidad de origen”, o la “legitimidad de ejercicio” -esto es, de régimen—, o las dos a la vez, entonces, en todo caso, se cae en la tiranía, y la tiranía no es política sino que esprecisamente la negación de la política.
Fuente: Editorial del Boletin Carlista de Madrid, octubre 1995
VER BOLETÍN
Mientras en torno a este problema se han formulado muchas consideraciones, algunas veces extravagantes, se ha dicho que corresponde a los juristas y teólogos españoles del Siglo de Oro el mérito de haber tratado con acierto estos problemas: la “legitimidad de origen” significa que quienes están en el Poder, están allí por “delegación de la Comunidad política”, que lo reciben, o ejercen, como titulares de ella, como un medio necesario para el cumplimientode los fines de la misma comunidad política de la que son meros delegados.
La “legitimidad de ejercicio”, o de régimen, significa que aquéllos que la ejercen para el cumplimiento de sus fines lo hagan honradamente y no olviden que son meros delegados de facultades de la comunidad en pleno. Por consiguiente,la “legitimidad de ejercicio” exige que sus delegados -lospolíticos— no olviden que actúan prácticamente en nombre e interés de aquélla, y que deberán hacerlo siempre honradamente, y, además, con observancia del Derecho y de la Justicia, y que se han de orientar invariablemente en torno al bien común. El Derecho, la gran creación de nuestra cultura, es una disciplina moral de bases lógicas y éticas,dentro de cuyo ambiente han de actuar sus delegados o representantes de la Comunidad; y si falta la “legitimidad de origen”, o la “legitimidad de ejercicio” -esto es, de régimen—, o las dos a la vez, entonces, en todo caso, se cae en la tiranía, y la tiranía no es política sino que esprecisamente la negación de la política.
Fuente: Editorial del Boletin Carlista de Madrid, octubre 1995
VER BOLETÍN
París 1.° de junio de 1845.
D. Carlos ha desaparecido de la escena, y en su lugar se ha colocado su hijo; este es un acontecimiento importante. El manifiesto que ha seguido a la renuncia indica un notable cambio en la política; esto es todavía más importante. Pocos hombres habrá que reúnan una opinión mas general y más bien sentada, de honor, de religiosidad, de sinceridad, de convicciones, de deseo del bien público, que D. Carlos; pero si como hombre obtiene el aprecio y respeto universal, tampoco puede negarse que como príncipe era objeto de prevenciones tan fuertes, que nada hubiera sido bastante a disipar. Fueran justas o injustas, fundadas o infundadas, lo cierto es que existían; tratamos únicamente del hecho, no de la razón en que pueda estribar. Y en circunstancias como las de don Carlos, un hecho semejante no puede ser desatendido: quien no cuenta con fuerza material, ¿a qué queda reducido si le falta la moral? Y esta fuerza moral en un príncipe es muy diferente de su buena reputación como hombre particular; errados consejos o circunstancias infaustas pueden hacer inútil para ciertos objetos al mejor hombre del mundo. En 1832 la fuerza moral de D. Carlos, como príncipe, era muy grande; los errores, los desagravios, y el mismo curso de los años la han consumido. Aún entre muchos de sus mismos partidarios, el primitivo entusiasmo se había reducido a simple adhesión y respeto. D. Carlos habrá conocido su verdadera posición, y a su desinterés y rectitud de intenciones no le habrá sido difícil el sacrificio del amor propio, si amor propio haber pudiera en conservar una posición que debía serle tan aflictiva.
Al retirarse este príncipe a la vida privada, si ha echado una mirada a sus años anteriores, no debe haberse alegrado de haber nacido en regia cuna. Difícil era que en una condición menos alta encontrase tan dilatada serie de sinsabores e infortunios. Pasa sus primeros años a la vista de Godoy, compartiendo con su hermano el dolor que causarle debiera un espectáculo semejante; es luego conducido al extranjero para permanecer durante seis años entregado a los carceleros de Napoleón; vuelto a su patria, cae en breve con toda la familia real en poder de los demagogos, hasta que los liberta en Cádiz el ejército francés; y después de pocos años de bonanza, no todos bien sosegados y satisfactorios, tiene la desgracia de indisponerse con su hermano, no puede hallarse junto a su lecho al exhalar el último suspiro, y declarándose luego en guerra con su augusta sobrina, proclamada reina de España, sufre las mayores vicisitudes, y al fin sucumbe, para ir ser encerrado de nuevo en una prisión, también en país extranjero. Fiaos en las grandezas humanas y en la elevación del nacimiento. Pesares domésticos, prisiones, insultos, espectáculos de torrentes de sangre, otra vez prisiones; he aquí lo que encuentra en su vida un hombre que por largos años ha visto una corona tan cercana a sus sienes; y en el último tercio de su carrera, proscrito de su patria, ignora si sus cenizas podrán un día descansar en el panteón donde reposan sus ilustres antepasados. Puedan los días del anciano conde de Molina ser menos infortunados de los que fueron los del joven infante, y del que años después numerosos y aguerridos batallones aclamaran rey de Navarra, Aragón y Cataluña, paseando sus banderas por todos los ángulos de España.
LEER TEXTO ENTERO
Si miro a esos que se llaman estadistas y no son sino malos agentes policiales, vuelvo la cara al destierro y veo con admiración a un hombre tremolando la bandera, que con Gregorio VIII puede decir: "He amado la justicia y aborrecido la iniquidad, por eso vivo en el destierro".
D. Vázquez de Mella, obras completas Tomo XIV, página 19
A- Relativos a la existencia y a un nivel digno de vida:
B- Valores morales y culturales:
C- Elección del propio estado:
D- Trabajo.
E- Propiedad.
F- Asociación (incluida la reunión)
G- Emigración e inmigración (libertad de residencia).
H- Derechos políticos.
Vida e integridad física.
Alimentación.
Vestido.
Vivienda (inviolabilidad del domicilio).
Descanso.
Atención médica.
Seguros Sociales.
B- Valores morales y culturales:
Honor
Conciencia (religiosa, política, filosófica, etc.
Correspondencia (secreto de).
Expresión.
Información.
Enseñanza.
C- Elección del propio estado:
Celibato o matrimonio.
Puesto social.
D- Trabajo.
E- Propiedad.
F- Asociación (incluida la reunión)
G- Emigración e inmigración (libertad de residencia).
H- Derechos políticos.
Los apartados D, E, F, G y H, se manifiestan en las garantías jurídicas y
la participación en el poder.
Cuando a la muerte del rey D. Fernando VII, mi muy querido hermano y señor, la divina Providencia me llamó al trono de España, confiándome el bien de la monarquía y la felicidad de los españoles, lo consideré como un deber sagrado; penetrado de sentimientos de humanidad y confianza en Dios, he consagrado mi existencia entera a cumplir tan difícil y penosa misión.
En España como fuera de ella, al frente de mis fieles súbditos, y hasta en la soledad del cautiverio, la paz de la monarquía ha sido constantemente mi único anhelo y el fin principal de mis desvelos. En todas partes mi corazón paternal ha deseado ardientemente el bien de los españoles. He debido respetar mis derechos, pero no he ambicionado jamás el poder; por lo tanto mi conciencia se halla tranquila.
Después de tantos esfuerzos, tentativas y sufrimientos soportados sin éxito, la voz de esta misma conciencia y los consejos de mis amigos, me hacen conocer que la divina Providencia no me tiene reservado el cumplir el cargo que me había impuesto, y que es llegado el momento de trasmitirlo al que los decretos del altísimo llaman a sucederme.
Renunciando pues como renuncio a los derechos que mi nacimiento y la muerte del rey don Fernando VII, mi augusto hermano y señor, me dieron a la corona de España, trasmitiéndolos a mi hijo primogénito Carlos Luis, príncipe de Asturias, y comunicándolo a la España y a la Europa por los solos medios de que puedo disponer, cumplo un deber que mi conciencia me dicta, y me retiro a vivir libre de toda ocupación política, y pasaré lo que me queda de vida en la tranquilidad doméstica y en la paz de una conciencia pura, rogando a Dios por la felicidad, la gloria y la grandeza de mi amada patria.
Bourges 18 de mayo de 1845.
Firmado. – Carlos.
VER TODOS LOS DOCUMENTOS DE LA ABDICACIÓN DE S.M. DON CARLOS V Y LA ACEPTACIÓN DE S.M. CARLOS VI
En España como fuera de ella, al frente de mis fieles súbditos, y hasta en la soledad del cautiverio, la paz de la monarquía ha sido constantemente mi único anhelo y el fin principal de mis desvelos. En todas partes mi corazón paternal ha deseado ardientemente el bien de los españoles. He debido respetar mis derechos, pero no he ambicionado jamás el poder; por lo tanto mi conciencia se halla tranquila.
Después de tantos esfuerzos, tentativas y sufrimientos soportados sin éxito, la voz de esta misma conciencia y los consejos de mis amigos, me hacen conocer que la divina Providencia no me tiene reservado el cumplir el cargo que me había impuesto, y que es llegado el momento de trasmitirlo al que los decretos del altísimo llaman a sucederme.
Renunciando pues como renuncio a los derechos que mi nacimiento y la muerte del rey don Fernando VII, mi augusto hermano y señor, me dieron a la corona de España, trasmitiéndolos a mi hijo primogénito Carlos Luis, príncipe de Asturias, y comunicándolo a la España y a la Europa por los solos medios de que puedo disponer, cumplo un deber que mi conciencia me dicta, y me retiro a vivir libre de toda ocupación política, y pasaré lo que me queda de vida en la tranquilidad doméstica y en la paz de una conciencia pura, rogando a Dios por la felicidad, la gloria y la grandeza de mi amada patria.
Bourges 18 de mayo de 1845.
Firmado. – Carlos.
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Querido primo:
Muchos amígos míos me han advertido que V. A. R. usaba las armas llana de los Borbones. Precióme el hecho inverosímil, pero he visto documentos públicos que prueban su exactitud. V. A. R. ha debido equivocarse.
Francia tomó prestadas las flores de lis a los primogénitos de nuestra familia, a los descendientes de Hugo Capeto, sucediéndose de varón en varón por orden de primogenitura.
En virtud de esta ley, según las reglas del blasón, soy yo, primogénito de los Borbones, jefe de nombre y de armas de la raza de Hugo Capeto, de San Luis y de Luis XIV, y por mí mi hijo y mi hermano, tenemos el derecho de llevar en el escudo real tres flores de lis de oro en campo azul sin brisura.
Esas flores de lis, colocadas en medio de las armas de España, son hoy el símbolo de los derechos de nuestra familia, reservados por mí para los Borbones, lo mismo que para los Orleáns.
En cualquier terreno que os coloquéis, no tenéis, por lo tanto, derecho a llevar las flores de lis sin brisura.
Rogando a Dios que os tenga en su santa guarda, soy vuestro afectísimo primo.—Carlos.
Venecia, 23 de mayo de 1892.
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Muchos amígos míos me han advertido que V. A. R. usaba las armas llana de los Borbones. Precióme el hecho inverosímil, pero he visto documentos públicos que prueban su exactitud. V. A. R. ha debido equivocarse.
Francia tomó prestadas las flores de lis a los primogénitos de nuestra familia, a los descendientes de Hugo Capeto, sucediéndose de varón en varón por orden de primogenitura.
En virtud de esta ley, según las reglas del blasón, soy yo, primogénito de los Borbones, jefe de nombre y de armas de la raza de Hugo Capeto, de San Luis y de Luis XIV, y por mí mi hijo y mi hermano, tenemos el derecho de llevar en el escudo real tres flores de lis de oro en campo azul sin brisura.
Esas flores de lis, colocadas en medio de las armas de España, son hoy el símbolo de los derechos de nuestra familia, reservados por mí para los Borbones, lo mismo que para los Orleáns.
En cualquier terreno que os coloquéis, no tenéis, por lo tanto, derecho a llevar las flores de lis sin brisura.
Rogando a Dios que os tenga en su santa guarda, soy vuestro afectísimo primo.—Carlos.
Venecia, 23 de mayo de 1892.
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Por el siervo de Dios, el cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân (1928-2002)
1. Bienaventurado el político que tiene un elevado conocimiento y una profunda conciencia de su papel.
2. Bienaventurado el político cuya persona refleja la credibilidad.
3. Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
4. Bienaventurado el político que se mantiene fielmente coherente.
5. Bienaventurado el político que realiza la unidad y, haciendo a Jesús punto de apoyo de aquélla, la defiende.
6. Bienaventurado el político que está comprometido en la realización de un cambio radical.
7. Bienaventurado el político que sabe escuchar.
8. Bienaventurado el político que no tiene miedo.
1. Bienaventurado el político que tiene un elevado conocimiento y una profunda conciencia de su papel.
2. Bienaventurado el político cuya persona refleja la credibilidad.
3. Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
4. Bienaventurado el político que se mantiene fielmente coherente.
5. Bienaventurado el político que realiza la unidad y, haciendo a Jesús punto de apoyo de aquélla, la defiende.
6. Bienaventurado el político que está comprometido en la realización de un cambio radical.
7. Bienaventurado el político que sabe escuchar.
8. Bienaventurado el político que no tiene miedo.
"Probablemente, de España, que no de Francia, vendrá la luz que Europa necesita y América también, y su resplandor podrá empezarse la gran obra que reclama, más que nadie, esta vieja, abatida y degenerada raza latina, para la que todavía puede haber días de grandeza y bienestar"
(Fuente: Del Diario de D. Carlos VII)
(Fuente: Del Diario de D. Carlos VII)
Ni por la naturaleza del suelo que habitamos, ni por la raza, ni por el carácter, parecíamos destinados a formar una gran nación. Sin unidad de clima y producciones, sin unidad de costumbres, sin unidad de culto, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de nuestra hermandad ni sentimiento de nación, sucumbimos ante Roma tribu a tribu, ciudad a ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe o más bien regocijándose de ella. Fuera de algunos rasgos nativos de selvática y feroz independencia, el carácter español no comienza a acentuarse sino bajo la denominación romana. Roma, sin anular del todo las viejas costumbres, nos lleva a la unidad legislativa, ata los extremos de nuestro suelo con una red de vías militares, siembra en las mallas de esa red colonias y municipios, reorganiza la propiedad y la familia sobre fundamentos tan robustos, que en lo esencial aún persisten; nos da la unidad de lengua, mezcla la sangre latina con la nuestra, confunde nuestros dioses con los suyos y pone en los labios de nuestros oradores y de nuestros poetas el rotundo hablar de Marco Tulio y los hexámetros virgilianos. España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo.
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Mi querido Valori:
Acabo de leer su noble discurso de Santa Ana d’Auray y doy gracias a los que me pidieron que enviara a representarme en Bretaña a una persona como usted, que, fiel intérprete de mis sentimientos desde hace diez años, los traduce con la precisión y cortesía que yo estimo en tanto.
Mucho le envidio por haber ido a Bretaña, a esa Vizcaya francesa, donde no puede darse un paso, según expresión de usted, sin tropezarse con un recuerdo glorioso; venturosa tierra de Armórica, ilustrada por los Cathelineau, los Charette y los Larochejaquelin, celtas como Zumalacárregui, los Ollo, los Elio, los Valde-Espina y mil otros hijos de Navarra y del país vascongado; tierra donde además se levanta imperecedera la memoria de uno de los grandes nombres de mi familia: María Carolina de Borbón.
Si, como Rey legítimo de España, no quiero intervenir en la política interior ni exterior de Francia, incúmbeme el deber de amar a ésta como desde hace doce siglos se la ama a mi familia.
Y si, en mi santa pasión por España, no reclamo inmediatamente mis derechos a la Corona de Francia, resérvome el de recordar a mis amigos franceses que sus antepasados fueron conducidos por los míos a Dios, a la grandeza y a la victoria. Y al lado de ese derecho quédame el de afirmar que siendo el primogénito de las Casas de España y Francia, para llegar al Trono por orden de primogenitura hay que pasar detrás de mí.
Gracias, mi querido Príncipe, por su constante abnegación. En los días de prueba veíase siempre en los siglos pasados un Valori al servicio de un Borbón. Compláceme que esa tradición secular continúe hoy.
Traslade usted mis palabras a los que bien me quieren y que en Santa Ana d’Auray me lo han progabo un vez más, y créame siempre, mi querido Valori, su afectísimo.—Carlos.
Venecia, 5 de octubre de 1890.
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Acabo de leer su noble discurso de Santa Ana d’Auray y doy gracias a los que me pidieron que enviara a representarme en Bretaña a una persona como usted, que, fiel intérprete de mis sentimientos desde hace diez años, los traduce con la precisión y cortesía que yo estimo en tanto.
Mucho le envidio por haber ido a Bretaña, a esa Vizcaya francesa, donde no puede darse un paso, según expresión de usted, sin tropezarse con un recuerdo glorioso; venturosa tierra de Armórica, ilustrada por los Cathelineau, los Charette y los Larochejaquelin, celtas como Zumalacárregui, los Ollo, los Elio, los Valde-Espina y mil otros hijos de Navarra y del país vascongado; tierra donde además se levanta imperecedera la memoria de uno de los grandes nombres de mi familia: María Carolina de Borbón.
Si, como Rey legítimo de España, no quiero intervenir en la política interior ni exterior de Francia, incúmbeme el deber de amar a ésta como desde hace doce siglos se la ama a mi familia.
Y si, en mi santa pasión por España, no reclamo inmediatamente mis derechos a la Corona de Francia, resérvome el de recordar a mis amigos franceses que sus antepasados fueron conducidos por los míos a Dios, a la grandeza y a la victoria. Y al lado de ese derecho quédame el de afirmar que siendo el primogénito de las Casas de España y Francia, para llegar al Trono por orden de primogenitura hay que pasar detrás de mí.
Gracias, mi querido Príncipe, por su constante abnegación. En los días de prueba veíase siempre en los siglos pasados un Valori al servicio de un Borbón. Compláceme que esa tradición secular continúe hoy.
Traslade usted mis palabras a los que bien me quieren y que en Santa Ana d’Auray me lo han progabo un vez más, y créame siempre, mi querido Valori, su afectísimo.—Carlos.
Venecia, 5 de octubre de 1890.
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En cualquiera ciencia hay un punto de partida no sujeto al raciocinio. Lo percibe el entendimiento sin otra operación que la meramente intuitiva. Afirma entonces, lo que ve porque lo ve, no por otra evidencia que le sirva para afirmar lo que súbitamente no viera.
Afirmar, sin embargo, lo que se ve, meramente porque se ve, no es conocer perfectamente una cosa. Esta plenitud de conocimiento por la intuición no es propia de la naturaleza humana, sino de la angélica, la cual posee uno total de la verdad intangible sin necesidad de discurrir de una noción a otra para completar un primero imperfecto. El hombre, en cambio, perfecciona sus conocimientos –es decir, elabora las ciencias– pasando de una cosa conocida a otra desconocida por medio del raciocinio. Hay, pues, en éste un movimiento que como toda mutación, debe partir de algo inmóvil. En nuestra potencia intelectiva se advierten, en consecuencia, dos operaciones distintas: una la mera percepción de algunas cosas, o sea el simple entendimiento de ellas; y otra, el proceso por el cual las así entendidas nos conducen mediante el raciocinio a las investigadas o inventadas. Ello pone de resalto que los conocimientos entendidos, aun siendo de orden distinto que los conocimientos discursivos, proceden de la misma potencia espiritual; y que tanto unos como otros son indispensables en la elaboración científica, al punto de que ésta sería imposible sin los primeros.
En los tiempos modernos es de absoluta necesidad dar el debido relieve a este resultado de la observación psicológica. No hay ciencia humana alguna, no puede haberla, sin la aceptación previa de ciertos conocimientos cuya verdad no puede ser comprobada. Quienes pretendan fundarla sobre principios sujetos en totalidad al raciocinio no saben lo que se dicen o dicen lo contrario de lo que saben. Hay un limite a la facultad crítica del hombre, a su avidez de justificación de todo lo que corre con el sello de la verdad, y ese límite se halla en los conocimientos intuitivos que llevan en sí mismos claridad tan adecuada a la naturaleza del entendimiento humano, que para que éste los perciba le basta su simple presencia. Por ello se denominan en toda ciencia las primeras verdades.
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Afirmar, sin embargo, lo que se ve, meramente porque se ve, no es conocer perfectamente una cosa. Esta plenitud de conocimiento por la intuición no es propia de la naturaleza humana, sino de la angélica, la cual posee uno total de la verdad intangible sin necesidad de discurrir de una noción a otra para completar un primero imperfecto. El hombre, en cambio, perfecciona sus conocimientos –es decir, elabora las ciencias– pasando de una cosa conocida a otra desconocida por medio del raciocinio. Hay, pues, en éste un movimiento que como toda mutación, debe partir de algo inmóvil. En nuestra potencia intelectiva se advierten, en consecuencia, dos operaciones distintas: una la mera percepción de algunas cosas, o sea el simple entendimiento de ellas; y otra, el proceso por el cual las así entendidas nos conducen mediante el raciocinio a las investigadas o inventadas. Ello pone de resalto que los conocimientos entendidos, aun siendo de orden distinto que los conocimientos discursivos, proceden de la misma potencia espiritual; y que tanto unos como otros son indispensables en la elaboración científica, al punto de que ésta sería imposible sin los primeros.
En los tiempos modernos es de absoluta necesidad dar el debido relieve a este resultado de la observación psicológica. No hay ciencia humana alguna, no puede haberla, sin la aceptación previa de ciertos conocimientos cuya verdad no puede ser comprobada. Quienes pretendan fundarla sobre principios sujetos en totalidad al raciocinio no saben lo que se dicen o dicen lo contrario de lo que saben. Hay un limite a la facultad crítica del hombre, a su avidez de justificación de todo lo que corre con el sello de la verdad, y ese límite se halla en los conocimientos intuitivos que llevan en sí mismos claridad tan adecuada a la naturaleza del entendimiento humano, que para que éste los perciba le basta su simple presencia. Por ello se denominan en toda ciencia las primeras verdades.
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Mi querido Valori:
Acaba de levantarse un monumento a la memoria de Enrique V, y la piedad de los fieles ha ido a colocarlo junto al Campo de los Mártires, en esa Navarrra y en esa Vizcaya francesas, llenas de recuerdo que las tempestades son impotentes para borrar y basta un rayo de sol para que broten de esa tierra gloriosa héroes y portentosos sacrificios.
Desterrado a mi vez, no me es dado más que rendir desde lejos un supremo homenaje a aquel Rey del destierro, con el legitimo orgullo de haber comprendido como él la grandeza y la santidad del Regio depósito qua me ha sido confíado par la historia sálica y diez veces secular de mi raza.
España y Francia extrañarían con razón que no dejase yo oír mi voz en esta solemne circunstancia.
Usted, mi querido Príncipe, la hará llegar a mis amigos de Francia, corazones leales que no han podido mirar como extranjeros a los descendientes del que quiso en el Mediodía borrar los Pirineos para dar unidad a la raza latina y armó en el Norte las fortalezas de Lila y Estrasburgo.
Más respetuoso de los tratados diplomáticos que Europa, que veinte veces los ha violado, pertenezco a España. Pero si no reclamo una doble y legítima corona, no por eso se amengua mi gratitud hacia los que, en su leal y ardiente fidelidad, conservan el culto de mi familia y simbolizan en ella la grandeza de Francia.
Usted, mi querido Valori, será mi intérprete cerca de ellos. Y si delante de la imagen veneranda de Enrique V le preguntan a usted por mi politica, dígales que, como en Francia el Augusto Difunto, soy yo en España el Rey de todas las libertades nacionales, pero que nunca seré el Rey de la Revolución. Dígales que no hay más que dos derechos politicos que pugnan en la historia contemporánea: el derecho tradicional y el derecho popular. Entre esos dos polas gira el mundo politico. Fuere de ellos no hay más que Monarquías que abdican, usurpaciones o dictaduras.
Cierto que Príncipes de mi familia han reconocido la Revolución triunfante, pero día llegara en que ellos mismos o sus descendientes bendecirán mi memoria de haberlos conservado inviolable el derecho de los Borbones, de quien yo soy Jefe, derecho que no se extinguirá más que con el último vástago de la descendencia de Luis XIV.
Animado de estos sentimientos me dirijo a usted para que presente el homenaje de mi piadoso recuerdo a mi Tío amadisimo y transmita mis cariñosos saludos a mis amigos de Francia.
Su afectísimo.—Carlos.
Venecia, 14 de septiembre de 1888.
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Acaba de levantarse un monumento a la memoria de Enrique V, y la piedad de los fieles ha ido a colocarlo junto al Campo de los Mártires, en esa Navarrra y en esa Vizcaya francesas, llenas de recuerdo que las tempestades son impotentes para borrar y basta un rayo de sol para que broten de esa tierra gloriosa héroes y portentosos sacrificios.
Desterrado a mi vez, no me es dado más que rendir desde lejos un supremo homenaje a aquel Rey del destierro, con el legitimo orgullo de haber comprendido como él la grandeza y la santidad del Regio depósito qua me ha sido confíado par la historia sálica y diez veces secular de mi raza.
España y Francia extrañarían con razón que no dejase yo oír mi voz en esta solemne circunstancia.
Usted, mi querido Príncipe, la hará llegar a mis amigos de Francia, corazones leales que no han podido mirar como extranjeros a los descendientes del que quiso en el Mediodía borrar los Pirineos para dar unidad a la raza latina y armó en el Norte las fortalezas de Lila y Estrasburgo.
Más respetuoso de los tratados diplomáticos que Europa, que veinte veces los ha violado, pertenezco a España. Pero si no reclamo una doble y legítima corona, no por eso se amengua mi gratitud hacia los que, en su leal y ardiente fidelidad, conservan el culto de mi familia y simbolizan en ella la grandeza de Francia.
Usted, mi querido Valori, será mi intérprete cerca de ellos. Y si delante de la imagen veneranda de Enrique V le preguntan a usted por mi politica, dígales que, como en Francia el Augusto Difunto, soy yo en España el Rey de todas las libertades nacionales, pero que nunca seré el Rey de la Revolución. Dígales que no hay más que dos derechos politicos que pugnan en la historia contemporánea: el derecho tradicional y el derecho popular. Entre esos dos polas gira el mundo politico. Fuere de ellos no hay más que Monarquías que abdican, usurpaciones o dictaduras.
Cierto que Príncipes de mi familia han reconocido la Revolución triunfante, pero día llegara en que ellos mismos o sus descendientes bendecirán mi memoria de haberlos conservado inviolable el derecho de los Borbones, de quien yo soy Jefe, derecho que no se extinguirá más que con el último vástago de la descendencia de Luis XIV.
Animado de estos sentimientos me dirijo a usted para que presente el homenaje de mi piadoso recuerdo a mi Tío amadisimo y transmita mis cariñosos saludos a mis amigos de Francia.
Su afectísimo.—Carlos.
Venecia, 14 de septiembre de 1888.
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